Mujer: Bueno, llevamos ya dos décadas hablando del aprendizaje permanente como si fuera la panacea, pero a mí me da la impresión de que seguimos entendiéndolo de una manera bastante estrecha, casi reducida a reciclaje laboral.
Hombre: Sí, coincido en parte, aunque yo matizaría algo. El concepto nació precisamente para romper esa dicotomía entre la etapa en la que uno estudia y la etapa en la que uno trabaja, pero el mercado se lo ha apropiado y lo ha vaciado de contenido.
Mujer: Claro, lo ha convertido en una exigencia más de empleabilidad. Y fíjate que eso genera un efecto perverso: la gente empieza a formarse por miedo, no por curiosidad, y eso, pedagógicamente, es un desastre.
Hombre: A ver, yo no sería tan tajante. El miedo también puede ser un detonante legítimo. Lo que ocurre es que si esa es la única motivación, el aprendizaje se queda en lo superficial, en acumular certificados sin que haya una transformación real.
Mujer: Exacto, ese acopio de diplomas que mencionas es lo que yo llamo coleccionismo credencialista. He visto currículums abrumadores que, sin embargo, revelan una incapacidad pasmosa para adaptarse a lo imprevisto.
Hombre: Bueno, ahí entramos en un terreno interesante, porque habría que distinguir entre formación formal y aprendizaje informal. Yo diría que el segundo es, con diferencia, el que más huella deja a lo largo de la vida adulta.
Mujer: Estoy de acuerdo, aunque también creo que infravaloramos muchísimo el papel de los entornos comunitarios. Los talleres de barrio, las bibliotecas populares, los grupos de lectura entre jubilados... ahí hay un aprendizaje riquísimo que nadie certifica.
Hombre: Totalmente. De hecho, mi experiencia en programas para personas mayores me ha enseñado que la motivación cambia radicalmente cuando desaparece la presión de la evaluación. La gente aprende con una voracidad asombrosa cuando no teme el suspenso.
Mujer: Y eso nos lleva a una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos organizando la educación de adultos con la misma lógica escolar, con exámenes y calificaciones, si sabemos que eso inhibe el aprendizaje significativo?
Hombre: Pues, sinceramente, creo que es inercia institucional. Cambiar de paradigma implica repensar la financiación, la acreditación, todo el andamiaje burocrático. Y eso da mucha pereza, por no decir miedo corporativo.
Mujer: Ahí quiero matizar algo, porque no toda la culpa es institucional. También hay una resistencia individual tremenda. A partir de cierta edad, muchas personas se autoconvencen de que ya no tienen la plasticidad cognitiva necesaria, y eso es, en buena medida, un mito.
Hombre: Bueno, hay estudios neurocientíficos que, efectivamente, desmienten esa idea del techo cognitivo. La neuroplasticidad se mantiene activa mucho más tiempo del que se pensaba, siempre que haya estimulación constante y variada.
Mujer: Exacto, el problema no es biológico, es más bien cultural. Vivimos en sociedades que jubilan intelectualmente a la gente mucho antes de que jubilen su cuerpo.
Hombre: Es una forma muy certera de decirlo. Y añadiría otra cosa: el aprendizaje a lo largo de la vida debería incluir también el desaprendizaje, esa capacidad de soltar certezas antiguas que ya no sirven. Eso cuesta muchísimo más que adquirir conocimiento nuevo.
Mujer: Sin duda, aunque yo creo que ahí hay generaciones distintas enfrentándose a retos distintos. Para los más jóvenes el desafío es la sobreabundancia de información; para los mayores, el desafío es precisamente ese desaprendizaje del que hablas.
Hombre: Sí, y no olvidemos el componente emocional. Aprender de adulto expone una vulnerabilidad que de joven apenas se percibe: uno se enfrenta al fracaso sin la excusa de la inexperiencia, y eso puede resultar humillante si no se gestiona bien.
Mujer: Totalmente de acuerdo. Por eso defiendo que cualquier política pública de formación continua debería incorporar un componente de acompañamiento emocional, no solo contenidos técnicos.
Hombre: Yo, en cambio, pondría el acento en otro punto: la flexibilidad horaria y económica. De poco sirve el acompañamiento emocional si una persona no puede permitirse el tiempo ni el dinero para formarse sin desatender sus obligaciones.
Mujer: Bueno, ambas cosas son compatibles, no se excluyen. Pero reconozco que tienes razón en que, sin condiciones materiales mínimas, todo lo demás queda en buenas intenciones.
Hombre: Para cerrar, me gustaría insistir en algo que a veces se nos olvida: aprender a lo largo de la vida no es solo una estrategia de supervivencia profesional, es también una forma de mantenerse curioso ante el mundo, casi una actitud existencial.
Mujer: Me quedo con esa idea. Al final, quizá la verdadera medida del aprendizaje permanente no sea cuántos cursos ha hecho una persona, sino si sigue siendo capaz de asombrarse.